Relato | Guerra entre la misma sangre

Este es un relato para el concurso de Zenda #heroínas. He estado pensando mucho si participar y sobre qué escribir. Sería genial decir que las musas vinieron a visitarme, pero la realidad creo es la mayor fuente de creación. Será este el caso…


A veces me invade la nostalgia, cuando paso por su dormitorio vacío. Sus últimos meses los pasó postrada en la cama y yo me tumbaba a su lado para que siguiese contándome historias, como cuando era pequeña. Esta vez no eran cuentos de personajes que no existían, ni tenían un final feliz. Era frecuente que vinieran sus amigas o familiares a visitarla y presumían de la suerte que teníamos ahora, porque antes no había nada. Cuando se habían ido y nos quedábamos solas me decía que no les hiciera caso: «Siempre hubo de todo: perfume, maquillaje y buenos trajes. Lo que no había era dinero, lo primero era comer». Era sorprendente como las murmuraciones cambiaban de unos labios a otros. Creo que me dio una de las mejores herencias que se pueden dejar: LA VERDAD. Así en mayúsculas, cruda y real. El tiempo me hizo comprender que esa memoria selectiva también afecta a mi generación y solo unas pocas logran librarse de su hipocresía. Donde adolescentes rebeldes se convierten en adorables amas de casa, que les imponen a sus hijas la rectitud que ellas se saltaron.  
Tenía en su haber muchas hazañas ya que le tocó sufrir una guerra y una posguerra. No sería nada fácil siendo de «una familia bien», donde no le faltó nada y le dieron una de las mejores educaciones. En su generación me contó como se ponían cada oscurecer frente a la chimenea todos los hermanos, mientras uno de ellos leía en voz en alta. Me confesó como se habían reído todos al leer que el hombre iba volar y luego reflexionaba: «y han volado… en aviones, pero han volado». Había una historia que me llamaba mucho la atención, ya que no la acababa de comprender. Una tarde le hice que me la volviera a relatar y me atreví a hacerle la temida pregunta.

«Fuimos de madrugada para llegar al medio día a la capital. Andando, como se iba a todas partes en esos tiempos. Me llevé a tu tío, que ya me sacaba una cabeza, porque no era bien visto que fuera una mujer sola. Para darme a respetar. Cuando llegamos nos recibió bien mi sobrino, como lo que éramos: familia. A pesar, que ahora fuese un “mandamás”, al ganar su bando la guerra. Por ahí debe haber cartas para felicitarnos las navidades. Cuando le conté que mi hermano estaba en la cárcel para hacerle un consejo de guerra y pedirle cómo podía ayudarlo, me preguntó si había firmado algo. Yo le dije la verdad, que cada vez que le daban un papel para firmar él decía "que no había hecho nada malo, que había cumplido órdenes como cualquier militar o le hubiesen matado". Entonces me dijo que había hecho bien, porque firmaba su sentencia de muerte. Luego se quedó pensativo y me respondió: "Ya sabes lo de mi hijo, así que no puedo hacer nada". Eso sí, me dijo que podía pedir firmas para su liberación y cartas buena conducta, a personas importantes de la zona que lo conociesen. Su respuesta era normal, dadas las circunstancias. Le estaba pidiendo como salvar a un soldado del bando contrario. El mismo bando que había matado a su hijo, pero creo que como militar lo podía entender. Mi hermano ni siquiera pudo elegir bando, lo reclutaron y lo mandaron a la guerra. Con la recomendación, nos volvimos. No escatimé en buscar firmas y hablé con todo el que pude. Siempre tendré la duda si movió sus hilos porque pocos pudieron salir vivos de allí. Lo dejaron en libertad a los pocos meses. Sufrió mucho. Cuando lo arrestaron, lo fusilaron igual que al resto, pero una bala solo le rozó. Es extraño que no le diesen el tiro de gracia, pero si algo no tiene la guerra es lógica. Después de todo eso, se casó y tuvo una buena vida. Nunca más salió de su boca nada referente a aquellos días, hasta el 23F. Me contó con el miedo en los ojos como todos los cabecillas habían ido al ayuntamiento a pedir pistolas. Temió perder la guerra otra vez y que esta vez sí acertasen con la bala. Por lo visto, el tiro les salió por la culata y los echaron a todos con las manos vacías.
—Hay algo de esta historia que nunca termino de comprender. ¿Cómo pediste ayuda para salvar a alguien del bando que amenazó con matarte a ti si ganaban?
—Porque era mi hermano — respondió con la mayor de la naturalidad y la entendí».

Ya de ancianos, a veces los hijos lo traían para que viese a mi abuela que era mayor que él y no podía viajar. Intercambiaban muy pocas palabras. Se miraban largos espacios de tiempo a los ojos sin decir nada, emocionados. Supongo que a sus mentes venían todos los recuerdos de su niñez y no necesitaban compartirlo con nosotros. Quizá también en ese silencio le daba las gracias por ser su heroína y darle una segunda vida. Acaso no era necesario porque era lo que debe hacerse entre hermanos. Tal vez si alguien más pensara como ellos no existirían las guerras, donde la sangre que se derrama es la misma que la tuya. ¿Hay alguna que no sea roja como la mía?   

Clara R. Sierra

Autora, blogger y marketing digital

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